La Casa Pauly y el General Baquedano
Algunos de los recuerdos gratos de mi niñez están asociados a la Casa Pauly. Y no es que, de niño, haya entrado muchas veces a ella. De hecho, nunca lo hice. Pero las decenas, probablemente centenas de veces que durante esa niñez puertomontina caminé frente a esa casa, siempre tuve la sensación de que, dentro de ella, ocurrían cosas importantes. Pero no sólo importantes: cosas que mi cultura infantil quizás me impedían definir con precisión entonces, pero que hoy no dudo en calificar de bellas. Sí, décadas atrás, incluso un niño podía percibir lo que esa casa le aportaba a nuestra ciudad. Darse cuenta de que, de alguna manera, la embellecía, la hacía mejor.
Eso fue lo que la Casa Pauly le aportó a nuestra ciudad por décadas. Cuando su propietario, el contador Guillermo Pauly, decidió convertirla en un lugar de tertulias y presentaciones de arte, muy en línea con los "salones" franceses del siglo XIX, probablemente Puerto Montt no contaba con mucho más de una docena de miles de habitantes. Pocos seres humanos viviendo en una pequeña ciudad en la que sólo algunas calles estaban pavimentadas, en donde la lluvia era la compañera de casi todos los días y los inviernos eran más largos que casi en todo el resto del país. Una ciudad en la que se acababa la carretera y el concepto de estación terminal era algo más que una referencia ferroviaria.
La Casa Pauly fue una luz que iluminó esa penumbra. Y la iluminó en serio. Allí se desarrollaron las más vivas discusiones sobre arte y filosofía que en esas condiciones nuestra ciudad podía permitirse y alguna vez, en su salón principal, se escuchó un concierto de Claudio Arrau.
Rescate de la casona
Cuando Guillermo Pauly falleció, y posteriormente su hija, comenzó la decadencia y con la decadencia vino el abandono. Con los años la que fuera Casa Pauly llegó a convertirse en un caserón solitario más en nuestra ciudad, en la que ya no existían calles sin pavimentar y grandes edificios tendían a substituir a casas como esas. Esa casa, sin embargo, afortunadamente sobrevivió. En mayo del año 2009 el gobierno de la época decidió, a solicitud de puertomontinas y puertomontinos que quizá atesoraban los mismos recuerdos que yo, reconocerla como monumento histórico. Como suele ocurrir, debieron pasar muchos años y variados gobiernos antes que ese reconocimiento se tradujera en los recursos económicos que permitieron su restauración, restauración que comenzó el 2013. Pero, finalmente, el pasado 11 de febrero se pudo entrar por primera vez a la Casa Pauly, restaurada y abierta al público (no inaugurada, lo que tendrá lugar próximamente, según explicó el alcalde Wainraight), luego de años de abandono.
No puedo menos que sentirme orgulloso, como hijo de Puerto Montt y del Sur de Chile, y amante de sus tradiciones y de su patrimonio, de haber sido parte de esa ceremonia. Creo, sin falta modestia, que marca por lo menos alguna diferencia con lo que ocurre en el resto de nuestro país, en donde la tónica imperante es el olvido y el abandono, cuando no la ignorancia y el desprecio, de la materia con que a lo largo de los años se fue construyendo nuestra nación.
Desgraciadamente en nuestro país en años recientes terminó por imponerse la tendencia cultural que ya impera en otros países, conocida como "wokismo" o deconstrucción histórica que entre otras características se dedica a "cancelar", a buscar la desaparición de todo aquello que consideran negativo. Constituyen la expresión actual más depurada de la intolerancia, al grado de buscar que se eliminen de la Historia situaciones y personajes que, para bien o para mal, han sido parte importante de ésta, así como suprimir todo vestigio físico contemporáneo de su existencia tales como monumentos u obras de arte en que estén representados. Así, en diversos lugares del mundo se han vandalizado estatuas o se ha buscado la modificación de textos históricos o literarios para eliminar de ellos palabras consideradas impropias o introducir el lenguaje inclusivo.
Neruda y Baquedano
En nuestro país se han escuchado voces proponiendo quitar (quizás destruir por mano de algún verdugo bien dispuesto para ello) la estatua de Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas de Santiago. La razón: representa el colonialismo opresor. También se ha propuesto eliminar o ignorar la obra de Pablo Neruda y modificar todo aquello que recuerde su nombre, debido a que a juicio de quienes lo condenan, en su vida privada tuvo un comportamiento inapropiado con las mujeres.
El caso más flagrante de este comportamiento es el trato que se da actualmente al monumento al general Manuel Baquedano que solía estar en la plaza que lleva su nombre en Santiago. Los motivos de quienes se oponen a que el monumento vuelva al lugar que ocupaba antes de ser vandalizado durante el "estallido social" o a algún lugar cercano, no son claros, porque los motivos del wokismo dependen del estado de ánimo de quien dirige la operación. Aparentemente giran alrededor del hecho que, en algún momento de su prolongada carrera militar de 43 años, fue enviado por el gobierno a cumplir tareas en la llamada "pacificación" de la Araucanía. Eso ofende a algunos que, como represalia, quieren "cancelar" a Manuel Baquedano, hacer desaparecer la estatua que lo recuerda y, si fuera posible, borrar su presencia de la historia de nuestro país.
Probablemente no existan evidencias de algún comportamiento específicamente repudiable de Manuel Baquedano mientras duró la misión que la autoridad a la que estaba subordinado le encomendara. Sí existe evidencia reconocida, en cambio, de su paso por nuestra historia, de su rol en la construcción del Chile de hoy: su participación en la mayoría de los hechos de armas con que se consolidó nuestra república durante el siglo XIX; su condición de triunfador en la Guerra del Pacífico luego de ser designado Comandante de las fuerzas chilenas que participaron en ese conflicto; el hecho de ser elegido dos veces senador luego de retirarse del ejército; haber sido llamado a ocupar en forma transitoria y por unos pocos días la presidencia de la República luego del suicidio del presidente Balmaceda.
Seguramente a lo largo de una vida tan llena de acontecimientos, en muchas ocasiones cometió errores y en otras tantas tuvo comportamientos personales que hoy quizás se considerarían indebidos. También es posible que Pablo Neruda haya tenido relaciones complejas y que hoy algunos podrían censurar, en su trato con las mujeres a las que amó y a las que escribió sus poemas. Si así fue sólo podríamos concluir que no eran perfectos, como probablemente nadie, hombres o mujeres, notables o anónimos, lo sea. Pero que esos dos personajes forman parte de nuestra historia y contribuyeron notablemente a forjar el país en el que hoy vivimos y al cual amamos es algo innegable.
Probablemente Guillermo Pauly tampoco fue perfecto. Pero es indudable que con su esfuerzo personal aportó solidez y belleza a la ciudad que Puerto Montt es hoy. Es parte de nuestra historia y de nuestro patrimonio como ciudad. Todo país, como todo ser humano, tiene una Historia que no puede negar ni de la cual pueda renegar. Conocerla y valorarla nos hace fuertes como nación y aprender de los errores cometidos nos hace sabios como pueblo. Y lo mismo ocurre con las ciudades. Por eso no puedo menos que agradecer a todos quienes tuvieron algo que ver con la recuperación de la Casa Pauly (que fueron muchos y de distintos sectores políticos) e invitar a todos quienes puedan visitarla y participar de sus actividades.